domingo, 8 de noviembre de 2009

DEL MURO A LA MURALLA CHINA

La caída del muro de Berlín supuso el final de las ideologías. Los jóvenes de entonces tardamos tiempo en admitirlo. Nos habíamos dejado la piel luchando por un mundo mejor, nos aferramos al socialismo como la única vía de escape al capitalismo, considerábamos que muchas de las cosas que se contaban desde aquí no eran sino propaganda de la burguesía para desprestigiar las bondades del sistema soviético. Aún conservo en mi retina algunas imágenes que retransmitían las televisiones de ciudadanos del este acribillados a balazos por intentar cruzar el muro de la vergüenza. En esa encrucijada mental que todos vivíamos costaba trabajo reconocer que aquello sucediera de verdad, como costaba trabajo reconocer, siendo de izquierdas, que Stalin había sido uno de los mayores genocidas de la historia. A mi personalmente nunca me gustó el estado soviético. Leí a una edad muy temprana al poeta Maiakovski, "no soy un hombre, soy una nube en pantalones." Fue futurista e imaginativo en un mundo que, a pesar de haber hecho la revolución, caminaba a pasos agigantados a eso tan triste que luego se dio a conocer con el nombre de "realismo socialista", un régimen opresivo y asfixiante para el hombre, incluso reconociendo algunos avances sociales. Por necesidad chocó con él y el Régimen le despreció. Muchos en aquellos días de 1930, fecha de su muerte, tuvieron la desfachatez de recriminarle que se hubiese suicidado en la patria del socialismo, cuando el hombre por primera vez podía rozar el sueño de una nueva era de hermandad y prosperidad. Se me quedó grabado su último poema escrito para la ocasión.
Maikokovski siempre me puso en alerta contra las supuestas utopías que acaban convirtiéndose en un estado de funcionarios grises. Pero una gran parte de los adolescentes de mi época abrazamos el marxismo como un punto de partida para una nueva sociedad, aunque en España el franquismo hizo que pervivieran esos ideales mas de lo que habían sobrevivido en los países de la vieja Europa. La caída del muro se llevó también buena parte de nuestros mitos y alabanzas sobre las conquistas del socialismo. Este abandono resultó dramático para el mundo. Sin contención, el capitalismo se adueñó del panorama mundial en la década de los noventa sacando pecho y haciendo revisar la historia, sobre todo la dialéctica marxista que nos aseguraba que el fin de la humanidad era el socialismo. De ahí al final de la historia sólo había un paso-.
Desde hace ya veinte años la humanidad está huérfana. No consigue encontrar el equilibrio entre progreso, libertad, justicia social, propiedad privada, recursos económicos y conservación del planeta. No ha sido capaz de desterrar el hambre en el mundo, ni las enfermedades mas fácilmente curables. Sólo interesa el beneficio económico inmediato incluso a costa de esquilmar la vida del planeta. Todo parece tener un ritmo enloquecido y nadie está dispuesto a plantear una alternativa sensata a tanta locura. Ya no se trata de que volvamos a la socialdemocracia que se ha revelado como una gran impostura social o al liberalismo que se nos presenta como algo caduco y rancio. Se trata de que inventemos un nuevo ser humano en un mundo con otras opciones. Pero parece que el muro de Berlín aplastó también la imaginación y el deseo de estructurar una nueva sociedad. Tal es así que todos esperamos impacientes la llegada del nuevo amo mundial: el dragón Chino, un dragón que acabó fagocitando al imperialismo soviético y que amenaza con fagocitar al americano en una extraña unión de capisocialismo y orienoccidentalismo. Para mayor confusión. Incluso de la propia Historia.

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