viernes, 6 de noviembre de 2009
LUZ
Juan José Cortés, padre de la niña Mari Luz, es una persona que transmite luz. Si uno le mira fijamente a los ojos, puede llegar a deslizarse por una corriente de energía como si de un río se tratase. Ha sufrido y ha sido tanto su sufrimiento que ahora parece flotar en un estado que tampoco pertenece exactamente a la condición mortal. Vive con su hija, la lleva incrustada en el reflejo de sus ojos, en la mirada perdida, en la autenticidad de sus silencios. Tiene motivos para estar muy mosqueado, pero ha sabido saltar por encima de todas estas miserias mundanas y transmite paz, bondad, incluso, dentro de su tragedia, felicidad. En breve se tendrá que enfrentar con el asesino de su hija en la sala de un juicio. Un duro trago que Juan José asumirá con esa tranquilidad celestial que le rodea, con esa profunda verdad que parece ampararle. Cuando uno conoce personas así comprende un poco mejor lo que es tener una creencia, una fe inquebrantable en que todo será mejor en el futuro incluso después de la muerte. No hay reproches al Destino ni a Dios. Sólo a aquellos seres que son capaces de sembrar el mal de forma tan miserable y a aquellos que deben de velar por nuestra seguridad. El está convencido de que verá a su niña de nuevo y para siempre. Ojalá sea así. Su espiritualidad ya es un lugar sin tiempo.
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