No importa si se derrama la gasolina y fluye por las calles del poblado. En las chabolas luce un flamante televisor de plasma que anestesia a todas las tribus, también a las del "mundo civilizado". Seguir el discurso de una esfera o, mejor, su evolución de un pie a otro, buscando la perfección o la suerte o la equivocación de los árbitros, -parodia del sistema judicial- es algo atávico que debe de estar inoculado en los genes de la especie, mas en el de ellos que en el de ellas. Tiempo al tiempo. Podría pensar mas poéticamente y argumentar que en el fútbol se despliega esa magia por el universo, por la marcha de las esferas, por la libertad que produce una circunferencia lanzada de un sitio a otro con la inteligencia del hombre, sometido , eso sí, a un rectángulo. Tal vez esa mezcla entre lo rectangular y lo esférico empiece a configurar un buen principio para su idealización. Pero no, no me equivoco. El mundo, como ya es sabido, busca en el fútbol un sustituto de la guerra, una manera de enfrentarse a los demás con las armas del resultado, un espejismo donde sentirse realizados si gana su equipo - como si todos jugaramos-una muestra de orgullo patrio, de bendita banalidad puesta al servicio de la nada social mas absurda. Los comentarios en el fútbol siempre son los mismos, la dinámica siempre repetitiva, el deseo de ganar surge una y otra vez. Las ligas, las competiciones, se suceden inmaculadas como si el hombre buscara el eslabón perdido de su existencia con el mundo. Y para ello goza de un cómplice inigualable: la televisión se inventó para el fútbol. No hay deporte que cuadre mejor con su técnica.
Volvamos al Congo. En ese poblado que ardió la gente debió de oír el estruendo del camión al volcar. Los niños, siempre los niños en el llamado tercer mundo, debieron de ser enviados a recoger la gasolina que manaba de la tripa de acero. Pero el fuego no tardó en aparecer. Probablemente sus mayores se entretenían en el televisor con la evolución de la esfera y les costó mucho trabajo percatarse de la realidad en la que vivían. Es lo que tiene la televisión, el fútbol. Puede crear ensoñaciones. Apartarnos de la realidad, aunque nos vaya la vida en ello. Si uno lo piensa detenidamente todos los partidos acaban. Y entonces tenemos que enfrentarnos a nosotros mismos. Desperezarnos de la ensoñación de haber jugado con nuestro equipo. A muchos les parece bien ese bálsamo seductor. ¡ya tenemos muchos problemas en nuestras vidas, un poco de escape¡ Otros saben que en todo esto hay cierta impostura, cierta anestesia, pero también se dejan seducir.
El caso es que en un poblado de El Congo decenas de niños han muerto mientras se retransmitía el mundial y ellos peleaban por la supervivencia, robando el asqueroso oro negro que manaba fértil en la carretera. No se pueden unir los dos argumentos. Cierto. Pero me pregunto cuantas cosas arderán en todos nosotros sin que nos demos cuenta de nada mientras observamos la evolución de una pelota.
sábado, 3 de julio de 2010
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